EL JUICIO DE PARIS

Paris (Πάρις) , también llamado Alejandro (Αλέξανδρος, 'el que protege a los hombres') fue un príncipe troyano, hijo del rey Príamo y de su esposa Hécuba. Ésta, antes de dar a luz a su segundo hijo, había tenido un extraño sueño: vio salir de su seno una antorcha, que prendió fuego a toda la ciudad de Troya e incluso a los bosques de Ida.

El sueño de Hécuba, Giulio Romano

Los adivinos fueron consultados, y declararon que el niño que iba a nacer sería la causa de la ruina de la ciudad. Decidieron matarlo cuando naciera, pero Hécuba  se negó y, en una época donde las profecías debían respetarse y la mujer no tenía poder de decisión y ni siquiera derecho a opinar,  logró convencer al rey Príamo de que mal interpretaron su sueño y se negó a dar muerte a Paris.

Príamo, incapaz de matar al niño contra la voluntad de Hécuba, se limitó a encargar a uno de sus criados, Agelao, que lo abandonara en el monte Ida. Éste obedeció la orden  esperando que el niño muriera, pero una osa lo amamantó durante cinco días y Agelao, cuando volvió a verlo y comprobó que estaba a salvo, decidió criarlo como si fuera su hijo.

Jordaens - Bodas de Tetis y Peleo

Pasó el tiempo y en el Olimpo surgió una disputa entre Hera, Atenea y Afrodita, sobre cuál de las tres diosas era la más hermosa. La ganadora entraría en posesión de la manzana de oro destinada a la más bella, que, Eris, la Discordia, había arrojado en las bodas de Tetis y Peleo. Ni siquiera Zeus se atrevió a elegir cuando le preguntaron, por lo que eligió a Paris para que fuese el juez. Hermes, el dios mensajero del Olimpo, fue el encargado de conducir a las diosas ante Paris.

 Aparecieron ante él mientras éste apacentaba su rebaño y Hermes le dio la manzana y le explicó de qué se trataba el concurso. Cada diosa trató de sobornar a Paris para obtener la victoria: Hera ofreció hacerle soberano del mundo; Atenea prometió hacerle invencible en la guerra y Afrodita ofreció entregarle la mujer más hermosa del mundo, es decir, entregarle a Helena, esposa de Menelao, quien gobernaba en la ciudad griega de Esparta.


Rubens - El Juicio de Paris

Paris eligió la oferta de Afrodita y esta decisión terminaría desencadenando la guerra de Troya. Así pues, la vencedora fue Afrodita, quien se convirtió en  protectora y benefactora de Paris y de los troyanos, mientras que Hera y Atenea, resentidas, juraron venganza y dieron comienzo a su animadversión hacia los troyanos.

El juicio de Paris en algunos textos:

Iouis cum Thetis Peleo nuberet ad epulum dicitur omnis deos
conuocasse excepta Eride, id est Discordia, quae cum postea
 superuenisset nec admitteretur ad epulum, ab ianua misit in medium
 malum, dicit quae esset formosissima attolleret.
 Iuno Venus Minerua formam sibi uindicare coeperunt, inter quas
 magna discordia orta, Iouis imperat Mercurio ut deducat eas in Ida
 monte ad Alexandrum Paridem eumque iubeat iudicare. (Hyginio, FábulaeXCII. Paridis Iudicium)

“[...] Alejandro [París] raptó a Helena; unos dicen que por designio de Zeus para que su hija fuese famosa al ocasionar la guerra entre Europa y Asia; otros, que para exaltar la raza de los semidioses. Por una de estas razones Eris arrojó la manzana de la belleza entre Hera, Atenea y Afrodita, y Zeus ordenó a Hermes que las condujese ante Alejandro en el[monte] Ida para que hiciera de juez. Ellas prometieron dones a Alejandro: Hera, si resultaba preferida a todas, le daría el reino sobre todos los hombres; Atenea, la victoria en la guerra; Afrodita el matrimonio con Helena. El decidió a favor de Afrodita...“ (Apolodoro, Epítome 3, 1-2)

“¡Hermes!, coge esa manzana de ahí y baja a Frigia, a casa del hijo de Príamo, el boyero que lleva a sus bueyes a pacer del Ida en el Gárgaro, y dile: “Paris, Zeus te ordena, ya que eres guapo y entendido en las cosas del amor, que juzgues entre las diosas cuál es de ellas la más hermosa, y que la que venza coja la manzana como premio del combate”. Y ya es hora para vosotras, diosas, de ir junto al juez, porque yo me niego a hacer de árbitro ya que os amo igualmente y, si fuera posible, con placer os vería a todas victoriosas. Y es inevitable que, el que conceda el premio de la hermosura a una sea odiado por las otras. Por eso yo no os resulto un juez conveniente, pero este joven frigio al que os vais a dirigir, no sólo es de sangre real y pariente de Ganímedes, al que veis aquí, sino que además es simple en las otras cosas y un habitante de las montañas, y nadie podría considerarlo indigno de semejante espectáculo.” (Luciano, Diálogos de los dioses)