ÁGRIPA PÓSTUMO, EL MISTERIOSO ASESINATO DEL NIETO PROSCRITO Y VIOLENTO DEL EMPERADOR AUGUSTO

Colérico, brutal y grosero, el nieto del Princeps fue asesinado por un centurión de la Guardia pretoriana en la isla donde su abuelo lo mantenía preso. A su regreso a Roma, el oficial fue a informar a Tiberio de que el trabajo estaba hecho, pero el sucesor de Augusto negó enérgicamente haber dado la orden.

Ni siquiera los historiadores clásicos se ponen de acuerdo en qué enfermedad mental o qué asunto personal se interpuso entre el Emperador César Augusto y Agripa Póstumo –su nieto, además del hijo de su general más valioso y leal, Agripa–. La disputa le causó el destierro y, a la muerte del Princeps, ser asesinado a manos supuestamente de la madre del nuevo Emperador, Tiberio. Grosero, brutal, «desprovisto de buenos valores» pero –anota Tácito– «no había estado implicado en escándalos». ¿Qué levantó tanta hostilidad y tantos enemigos contra un hombre que apenas tuvo tiempo de intervenir en política?

El padre de la criatura, Marco Vipsanio Agripa, acompañó a César Augusto en su ascenso al poder. Frente a la incapacidad militar de Octavio, Agripa se destacó como su brazo armado en las batallas de Mylae, Nauloco y Actium, entre otras, donde se impuso a los asesinos de Julio César y posteriormente a las tropas de Marco Antonio. El político romano, además, es recordado por su labor urbanística embelleciendo las calles de Roma y de las provincias por las que pasó. Fue el encargado de construir el Teatro romano de Augusta Emerita, en la actual Mérida. Todos sus esfuerzos y su lealtad hacia el Princeps esperaba que le fueran devueltos con su designación como heredero de Augusto, que legalmente no estaba constituido como Emperador pero que, tras décadas de guerra civil y de control férreo de la política, había dejado Roma en manos de su familia. El primer paso del Princeps fue casar a su hija Julia «la Mayor» con Agripa, veinticuatro años mayor que ella. Luego organizó todo para que Agripa ocupara su lugar una vez él se hubiera marchado. No obstante, Agripa murió antes que el propio Augusto, lo que echó al traste sus planes y sus ambiciones, aunque no la de sus hijos.

Augusto fue un joven enfermizo con graves problemas de hígado, que en el año 23 a.C estuvieron a punto de costarle la vida. Si así hubiera sido no cabía duda de que Agripa hubiera asumido el poder. Pero no fue el caso. El Princeps superó la enfermedad con la ayuda de un médico griego, que simplemente le recomendó aplicar baños de agua fría, y murió en Nola a la avanzada edad de setentay seis años.

¿Cuál de los sucesores señalados en diferentes periodos viviría tanto para sobrevivir al longevo romano? Desde luego no Marco Vipsanio Agripa, que murió en el año 12 a.C. dejando tras de sí a dos bizarros herederos, Cayo y Lucio, que fueron nombrados por su abuelo «Principes Iuventutis»; a dos hijas, que adquirieron cierto protagonismo político en las siguientes décadas; y a un hijo que nació meses después de que él hubiera muerto. Haciendo gala de ese pragmatismo tan característico de los romanos se le llamó Agripa Póstumo. Augusto adoptó como hijos a Cayo y Lucio, pero prefirió no adoptar a Póstumo, en señal de respeto hacia Agripa, para que quedase un hijo que continuase su linaje. O al menos esa fue la excusa que dio. Lo cierto es que desde el principio el Princeps trató diferente a ese hijo de Agripa e impulsó la carrera de los otros dos, cuya salud irónicamente no iba a dar tanto de sí. En el año 2 d.C, Lucio César, de diecinueve años, abandonó Roma para hacerse cargo de su primer mando provincial en Hispania, siguiendo con el brillante «cursus honorum» que su abuelo había dispuesto. Sin embargo, de camino a Hispania enfermó y falleció de forma súbita en Massilia (hoy, Marsella).

El Princeps quedó desolado por la muerte de su heredero predilecto, consolándose en los éxitos del otro hermano, Cayo, que triunfaba por aquellas fechas en una incursión en Armenia. Sin embargo, en el año 3 d.C, Cayo se encontraba asediando una plaza en esta región cuando fue herido a traición por el enemigo. Aparentemente la herida no era de gravedad e incluso pudo recuperarse en los siguientes meses. Si bien su salud empeoró en otoño de ese año y su comportamiento se volvió errático, como apunta el historiador Adrian Goldsworthy en su libro «Augusto, de revolucionario a emperador». Emulando al futuro Emperador Tiberio, cuya melancolía crónica le había llevado a retirarse de la vida pública, Cayo escribió a su padre pidiéndole permiso para apartarse del mundo de la político. Augusto apenas tuvo tiempo de indignarse por una decisión de esa naturaleza en un joven de veinte años: Cayo murió el 21 de febrero del año 4 d.C.

Un deprimido César Augusto se veía forzado, a los sesenta y siete años, a organizar de nuevo su sucesión. Sin hijos varones de su sangre (en realidad para los romanos era más importante el que sobreviviera el nombre que la sangre) y sin intención de legar el poder a los maridos de sus nietas, las opciones de Augusto eran muy limitadas. Su objetivo era encontrar al candidato idóneo y, una vez señalado como su heredero, compartir con él la mística que había logrado vincular a su nombre a través de su formidable aparato propagandístico y de su inigualable auctoritas.

Agripa Póstumo, de quince años, fue descartado en un principio porque todavía no había vestido formalmente la toga de la mayoría de edad, aunque tal vez simplemente fue una nueva excusa. Lo cual dejaba las opciones en el sobrino nieto del Princeps, Germánico, que tenía dieciocho años y contaba con un don natural para ganarse a la muchedumbre, y Tiberio, de 45 años, dos veces cónsul y el comandante más distinguido con vida. El veterano era un candidato excepcional, salvo porque tras su retiro de ocho años en Rodas estaba en proceso de recuperar el favor de Augusto.

Finalmente, Tiberio adoptó a su sobrino Germánico –que murió en el 19 d. C. de una misteriosa enfermedad– a la espera de que Augusto, a su vez, adoptara a ambos y también a Agripa Póstumo. Sin embargo, no hubo ningún intento por acelerar la carrera de Agripa o de proyectar su perfil público, ni se le nombró «Principis Iuventutis» como a sus hermanos Cayo y Lucio, ni se hizo amago de casarle con otro miembro destacado de la familia. Estos desagravios se emplazaron originalmente dentro de la guerra interna entre los herederos que procedían de la familia de Livia, la tercera mujer de Augusto, y los que lo hacían como Agripa de la hija de la segunda mujer de Augusto, Julia «la Mayor». Pero con el tiempo salió a flote también la mala opinión que Augusto tenía de su nieto Agripa Póstumo.

En el año 7 d.C, se esperaba que el joven recibiera al fin un cargo público y se le entregara el mando de algunas tropas para dirigirse a Panonia. En vez de ello, el trabajo se le encargó en el último momento a Germánico. Tras esta decisión, la carrera de Póstumo fue de mal en peor. Fue primero enviado a Surrento, en la bahía de Nápoles, donde se pasaba el tiempo pescando, remando, nadando y holgando. Posteriormente Augusto revocó su adopción, por lo que pasó a ser de nuevo un Vipsanio Agripa, aunque las propiedades de su padre no retornaron a él, valiéndose el Princeps del dinero para llenar el «eradium militar». Póstumo cargó contra Livia por su desdicha, lo que le valió ser exiliado a la diminuta isla de Planasia, cerca de Córcega y mantenido bajo estricta vigilancia.

Puede que fuera cierto que Livia y Tiberio estuvieran conspirando contra el joven, pero Augusto no era ningún crédulo y desconfiaba como el que más de su nieto. Veía en él a un portento físico, a un buen guerrero, a un forzudo descerebrado, pero además a alguien colérico, fiero, insensato y poco sutil. O al menos eso insinúan las fuentes. No obstante, lo que convenció definitivamente a Augusto para apartar al joven romano sigue rodeado de misterio, ya fuera un suceso o una actitud concreta.

En la famosa novela «Yo, Claudio», de Robert Graves, que tanto daño ha hecho a la imagen de Livia, se relata que la mujer de Augusto acusó a Póstumo de una violación que en realidad no cometió. Una versión novelada y falsa, pero que da cuenta de lo que pudo trasladar al Princeps una imagen tan negativa de su nieto. Debió ser algo de carácter privado, entre bambalinas (las últimas palabras de Augusto en su lecho de muerte fueron: «La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!»). Tal vez Augusto hizo caso a la fama de mujer licenciosa que tenía en Roma su hija Julia y creyó como ciertos los rumores que apuntaban a que Agripa Póstumo no era hijo de su fallecido amigo Agripa, sino el fruto de una relación extramatrimonial cuando él estaba en el lecho mortal.

Por su parte, Tácito cuenta cómo César Augusto ideó una visita altamente secreta a la isla en el año 13 d. C, para disculparse con su nieto e informarle sobre sus planes para que regresara a Roma. Es decir, que antes de su muerte había albergado intenciones de perdonar a su nieto. No en vano, la mayoría de historiadores modernos dan poca veracidad a este relato y lo vinculan a la aversión de Tácito hacia Tiberio; así como al supuesto golpe de mano que Livia y Tiberio dieron a la muerte del hijo del Divino Julio. Ciertamente, Agripa sobrevivió apenas unos días a su abuelo.

Tiberio asumió la cabeza de Roma a la muerte de su padre político y, casi al instante, un centurión de la Guardia pretoriana viajó a la isla donde permanecía exiliado Agripa con la misión de asesinarle. Le sorprendió sin armas y, «aunque se defendió con valor, hubo de ceder después de una obstinada lucha». Murió con 26 años. A su regreso a Roma, el centurión acudió con normalidad a informar a Tiberio como correspondía por ser su comandante, salvo porque éste negó enérgicamente que él hubiera dado la orden de matar a Agripa. Puede que dijera la verdad y que fuera una orden directamente dada por su madre o incluso por Augusto antes de morir; si bien, Tácito recuerda que el Princeps en ninguna ocasión ordenó matar a nadie de su familia cercana. De la misma manera que el misterio ha quedado sin resolver por la falta de información, no lo hizo la lista de personas favorecidas por la muerte de Agripa, donde Tiberio y Livia copaban las primeras posiciones.

En todo caso, la muerte de Póstumo fue seguida por la de su madre Julia, que había sido por un tiempo esposa de Tiberio y en ese momento también permanecía exiliada. «Ella se encontraba proscrita, deshonrada y, tras la muerte de Agripa Póstumo, privada de toda esperanza. Tiberio la dejó perecer lentamente de hambre y miseria, pensando que su muerte, por lo lejano de su exilio, había de quedar en la oscuridad», relata Tácito, sobre las consecuencias de la orden de Tiberio de reducir el envío de suministros al lugar donde permanecía Julia.

Y todavía tendría Tiberio una última ocasión de mostrar su intenso odio hacia Agripa y su memoria. Según una famosa anécdota, se cuenta que a la muerte del nieto de Augusto, un esclavo suyo llamado Clemente tuvo la audacia de tomar el nombre de Agripa, haciendo correr el rumor de que este príncipe no había muerto. Tiberio ordenó que le detuvieran y le llevaran a su presencia: «¿Cómo has tenido el atrevimiento para fingirte Agripa?», preguntó enfurecido. Lo mismo que tu «para ser César» contestó el esclavo. El nuevo dueño de Roma mandó que Clemente fuera asesinado en secreto antes de que más gente pensara que el grosero y brutal Agripa había vuelto de entre los muertos.

ABC

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