LA SUCESIÓN DEL EMPERADOR AUGUSTO

Falto de hijos varones, Augusto pensó en sus nietos como herederos. Pero la muerte de estos últimos le obligó a elegir un sucesor inesperado: Tiberio, fruto de un matrimonio anterior de su esposa.

Según Suetonio, Augusto murió en la intimidad de los suyos, en los brazos de su esposa Livia. La larga e intensa vida del que fuera el primer emperador de Roma se caracterizó tanto por su afán de poder como por la preocupación de encontrar un sucesor adecuado que continuara su obra. Sin embargo, cabe preguntarse si realmente murió tranquilo, dejando en manos de su hijastro Tiberio un inmenso poder cosechado durante años. 

Tiberio, hijo de Livia, segunda esposa de Augusto, no había sido una de las preferencias del emperador a la hora de garantizar su sucesión. Augusto conocía la importancia de disponer de un sucesor adecuado y capaz. Él mismo había sido designado heredero por Julio César y estuvo a punto de morir el año 23 a.C. debido a una enfermedad que le obligó a dejar el poder en manos del general Marco Agripa y del cónsul Calpurnio Pisón. 

Al cumplir los 63 años, una edad crítica para los romanos —muchos ancianos habían observado que al cumplir 63 les sobrevenía alguna desgracia, como una enfermedad o la misma muerte—, a Augusto le apremiaba su importante decisión. El emperador tuvo que escoger entre diversos candidatos: su yermo Claudio Marcelo, sus nietos e hijos adoptivos Gayo y Lucio, y finalmente, su hijastro Tiberio. No fue, sin embargo, hasta la muerte de Lucio y Gayo cuando Augusto pensó decididamente en Tiberio. Así pues, el año 13 d.C. a Tiberio se le invistió con poderes semejantes a los de Augusto, recibiendo el imperium proconsular y la potestad tribunicia. 

Un año después, murió Augusto y comenzó una nueva página en la historia.